Soy una persona emocionalmente tensa. Mi mente no deja de producir los más extraños y estrambóticos pensamientos y a menudo "me persigo sola". Y lo sé. Y es algo con lo que tendré que lidiar el resto de mi vida, pero fue precisamente por eso que decidí salir del clóset. Y sentí cómo una carga se descargaba de mis hombros y hacía mi vida más ligera.
No es fácil. Es más, una vez que salí del clóset no he dejado de salir porque cada lugar nuevo, cada gente nueva, cada nueva situación implica salir del clóset. Y esto se hace extensivo a familiares, amigos y en un futuro a mis hijos.
Tampoco es fácil porque cansa. Porque, al menos en mi caso, me cansa mucho empezar de nuevo a contar cómo, cuándo y por qué que a veces raya en el exhibicionismo emocional. Pero no es tal cosa. Al menos para mí no es tal cosa. Para mí es la única manera que tengo de contribuir a hacer al mundo mejor y más tolerante. Yo no aspiro a ser un modelo de comportamiento. Yo aspiro a que la gente conozca mi historia y a través de mi historia se sensibilice y comprenda que siempre hay otra manera de decir las cosas, de sentirlas, de vivirlas. Y que mi caso es éste. Mi caso es un proyecto de maternidad con la mujer más importante en mi vida, la que más me conoce, la que ha estado conmigo desde los 15 años y me ha aguantado tal cual soy.
Pero eso de repente me hace sentir terriblemente vulnerable, me hace sentir que estoy expuesta y sin privacidad. No solo porque comparto algo de mi vida en el blog, sino porque al estar afuera, al estar visible, una sensación de no volver a tener control sobre la privacidad me invade. No se supone que lo que suceda en la cama de uno es muy asunto de uno con la cama? No se supone que lo que cada quien haga con su vida, es muy su vida y ya?
Creo que salir del clóset y ser visible de pronto puede resultar renunciar un poco al privilegio de mantener nuestra vida privada exactamente así PRIVADA, pero por otro lado creo que la sociedad necesita conocer nuestras historias. Necesita identificarnos para que nos humanice, para que no nos vea como algo extraordinario que ocurre en películas y noticieros, sino que somos los compañeros de trabajo, los mejores amigos de, los hijos, los primos, los sobrinos, los nietos de, y todos los días hacemos las mismas cosas que el resto del los humanos porque somos eso, humanos.
Yo sé que no tendría que ser así. Uno debería contar con la garantía de poder vivir su vida a gusto, como si cualquier cosa, pero por alguna razón no es así, y entonces tenemos que levantar la voz, alzar la mano, pedir la palabra, hacernos notar, aunque eso signifique estar en la mira durante algunos días o meses en que la noticia y el chisme se esparza.
Antes de Diego y Santiago yo salía del clóset en pequeña escala. Pero cuando llegaron a mi vida, supe que no tenía marcha atrás y que no había trabajo ni familia en el mundo que me iba a obligar a negarlos, y descubrí que me hacía sentir bien el hecho de no tener nada que esconder. Para mí es tan simple como que no pueden decir de ti algo que tú no hayas dicho antes, y eso, en mi caso, me da tranquilidad. Nadie le puede ir con el chisme a mi papá o mi mamá de que soy lesbiana y que tengo hijos porque ya lo saben. Ni a mis jefes. Ni a mis compañeros de trabajo. Ni a mis amigos. Ni a nadie. Y eso da tranquilidad, da la sensación de no ser clandestino. Y a la par, la gente que te rodea puede aprender algo sobre ti como lesbiana, como madre, como epicureísta, como lo que gustes o mandes.
Yo sé que cada circunstancia es diferente, que cada quien su situación. Pero de una cosa estoy segura, salir del clóset significa muchas veces recuperar algo de la salud mental que te jode tanto este tema de la discriminación y de la intolerancia de la gente que no entiende que amor es amor.
No es fácil. Es más, una vez que salí del clóset no he dejado de salir porque cada lugar nuevo, cada gente nueva, cada nueva situación implica salir del clóset. Y esto se hace extensivo a familiares, amigos y en un futuro a mis hijos.
Tampoco es fácil porque cansa. Porque, al menos en mi caso, me cansa mucho empezar de nuevo a contar cómo, cuándo y por qué que a veces raya en el exhibicionismo emocional. Pero no es tal cosa. Al menos para mí no es tal cosa. Para mí es la única manera que tengo de contribuir a hacer al mundo mejor y más tolerante. Yo no aspiro a ser un modelo de comportamiento. Yo aspiro a que la gente conozca mi historia y a través de mi historia se sensibilice y comprenda que siempre hay otra manera de decir las cosas, de sentirlas, de vivirlas. Y que mi caso es éste. Mi caso es un proyecto de maternidad con la mujer más importante en mi vida, la que más me conoce, la que ha estado conmigo desde los 15 años y me ha aguantado tal cual soy.
Pero eso de repente me hace sentir terriblemente vulnerable, me hace sentir que estoy expuesta y sin privacidad. No solo porque comparto algo de mi vida en el blog, sino porque al estar afuera, al estar visible, una sensación de no volver a tener control sobre la privacidad me invade. No se supone que lo que suceda en la cama de uno es muy asunto de uno con la cama? No se supone que lo que cada quien haga con su vida, es muy su vida y ya?
Creo que salir del clóset y ser visible de pronto puede resultar renunciar un poco al privilegio de mantener nuestra vida privada exactamente así PRIVADA, pero por otro lado creo que la sociedad necesita conocer nuestras historias. Necesita identificarnos para que nos humanice, para que no nos vea como algo extraordinario que ocurre en películas y noticieros, sino que somos los compañeros de trabajo, los mejores amigos de, los hijos, los primos, los sobrinos, los nietos de, y todos los días hacemos las mismas cosas que el resto del los humanos porque somos eso, humanos.
Yo sé que no tendría que ser así. Uno debería contar con la garantía de poder vivir su vida a gusto, como si cualquier cosa, pero por alguna razón no es así, y entonces tenemos que levantar la voz, alzar la mano, pedir la palabra, hacernos notar, aunque eso signifique estar en la mira durante algunos días o meses en que la noticia y el chisme se esparza.
Antes de Diego y Santiago yo salía del clóset en pequeña escala. Pero cuando llegaron a mi vida, supe que no tenía marcha atrás y que no había trabajo ni familia en el mundo que me iba a obligar a negarlos, y descubrí que me hacía sentir bien el hecho de no tener nada que esconder. Para mí es tan simple como que no pueden decir de ti algo que tú no hayas dicho antes, y eso, en mi caso, me da tranquilidad. Nadie le puede ir con el chisme a mi papá o mi mamá de que soy lesbiana y que tengo hijos porque ya lo saben. Ni a mis jefes. Ni a mis compañeros de trabajo. Ni a mis amigos. Ni a nadie. Y eso da tranquilidad, da la sensación de no ser clandestino. Y a la par, la gente que te rodea puede aprender algo sobre ti como lesbiana, como madre, como epicureísta, como lo que gustes o mandes.
Yo sé que cada circunstancia es diferente, que cada quien su situación. Pero de una cosa estoy segura, salir del clóset significa muchas veces recuperar algo de la salud mental que te jode tanto este tema de la discriminación y de la intolerancia de la gente que no entiende que amor es amor.








